Destino universal del conocimiento: Apostilla al capítulo 2 de Magnifica Humanitas
Algún día voy a hacer esto. Me imagino dando una capacitación o un encuentro con docentes, y aparezco con una caja de cartón enorme, del tamaño de un lavarropas, de esas que hay que entrar entre dos. Hago un silencio solemne y anuncio la consigna:
—El que responda correctamente unas preguntas sobre el origen de la informática ganará una réplica de la primera computadora moderna: ¡la máquina universal de Turing!
Señalo la caja gigantesca y arranco con las preguntas. Cuando aparece la ganadora, la sesión llega al máximo de tensión. Una señora de unos cincuenta años salta de alegría mientras piensa dónde va a colocar su reliquia y si quedará bien en el living; se imagina algo parecido a una Remington pero más grande. Entonces abro la caja con suspenso, saco treinta y seis hojas A4 membretadas y se las entrego ante el silencio de todos.
—Señora, le presento la máquina universal de Turing.
Después de reírnos, les explico lo siguiente.
La informática es hija de las matemáticas. Podemos situar el origen de la computación moderna en los esfuerzos de unos filósofos por refutar que esa ciencia pudiera resolverlo todo con sus propias herramientas: no fue la capacidad de cómputo la que nos trajo la computadora, sino los chispazos geniales ocasionados por luchas académicas sobre la naturaleza de los números. Durante ese período inicial y fundacional la computadora vio la luz en el seno de las universidades, siendo resultado científico y no producto. Su génesis se dio bajo las reglas colaborativas de la ciencia, entre campus, profesores y publicaciones.
La broma de la caja es anecdótica, pero encierra un hallazgo interesante: el chiste funciona porque no estamos acostumbrados a pensar el conocimiento como un bien. La señora prefería algo contundente. A lo digital lo tenemos en menos, tanto que no nos ocupamos de ese mundo como de algo que hay que comprender y custodiar. Hoy, entrado el siglo XXI, no sólo usamos las computadoras: vivimos en un contexto que se ha vuelto un ethos, algo que se respira. Habitamos nuestras ciudades y en paralelo un mundo digital, donde corren también nuestros vínculos, nuestras finanzas, nuestro trabajo.
A la mayoría de nosotros nos espantaría que alguien nos revisara la basura, o que se asomara a espiar por la ventana. Y sin embargo no desinstalamos despavoridos la aplicación que sabemos que se queda con nuestros datos. Seguro que el contrato de alquiler lo leemos de punta a punta, pero los términos y condiciones del sistema de mensajería que usan nuestros hijos no nos generan ni curiosidad.
El software ejerce un poder sobre nosotros. Es el punto donde la digitalización nos toca, y no es un canal transparente por el que miramos: es más parecido a una cerradura que decide de antemano, con sus propias reglas, qué podemos hacer y qué no. ¿Esto no puede ser de otra forma?
La actual industria del software ha montado su negocio, mayormente, sobre un modelo privativo que dificulta abandonar el servicio. Valga de ejemplo un programa de diseño, pero también un sistema de mensajería o un agente de IA. Por distintos mecanismos nos vemos empujados a quedarnos. Que sea así no es una fatalidad técnica sino una decisión, y se toma todos los días. No es la única forma posible, y conviene ver por qué.
Eso que llamamos software libre no es una moda ni una beneficencia de programadores generosos: es un arreglo jurídico, y bastante astuto. La idea es simple. Quien escribe un programa tiene sobre él, por ley, los mismos derechos que un autor sobre su libro. Podría usarlos para prohibir; el software libre los usa al revés. Con una licencia —un contrato— el autor establece que cualquiera puede usar el programa, estudiarlo, modificarlo y distribuirlo. Y algunas licencias, las llamadas copyleft, agregan una condición: el que lo modifique y lo reparta tiene que hacerlo bajo las mismas reglas. Es decir que la libertad no queda librada a la buena voluntad de nadie, sino que se hereda por contrato. El autor no renuncia a su derecho: lo ejerce, y lo ejerce para que lo que se construya sobre su obra siga estando disponible.
Y no hablamos de experimentos: hablamos de lo que sostiene buena parte de la web. Linux, que empezó como el proyecto personal de un estudiante finlandés, corre hoy en la enorme mayoría de los servidores del planeta y en el aparato que nos da internet en casa. Apache sirvió durante décadas la mayor parte de los sitios que visitamos. Y el modelo tampoco se agota ahí: Blender, que es libre y gratuito, se usa en estudios de animación profesionales y compite con programas que cuestan miles de dólares por año; y el mismo mecanismo jurídico, aplicado ya no a programas sino a textos, produjo Wikipedia, la enciclopedia más consultada de la historia. Son proyectos colaborativos, y funcionan: el conocimiento circula, se corrige entre muchos y se acumula, en lugar de quedar encerrado en la caja fuerte de una empresa. Tampoco se trata de hobbistas, porque libre no quiere decir gratis y alrededor de este software hay negocios de todo tamaño: IBM pagó treinta y cuatro mil millones de dólares por Red Hat, que vive de vender soporte sobre un sistema que cualquiera puede descargar; y al mismo tiempo miles de consultoras, cooperativas y programadores sueltos hacen lo suyo con las mismas herramientas, sin pedirle permiso a nadie. Ninguno de estos casos surgió de un decreto ni de un subsidio. Surgieron porque alguien redactó una licencia que hizo posible que el trabajo de muchos se acumulara sin que nadie pudiera apropiárselo.
Por ejemplo, de WhatsApp no se puede salir: el programa y el servicio son la misma cosa, y afuera no hay nadie con quien hablar. En cambio del correo electrónico nos vamos cuando queremos, cambiamos de proveedor y seguimos escribiéndole a todo el mundo. La diferencia no está en el software sino en el protocolo, el idioma con que los programas se hablan entre sí: el del correo es público y cualquiera puede hablarlo, el de la mensajería tiene dueño. Y no son la misma cosa. Cuando van juntos, es porque alguien quiso que fueran juntos.
Para la doctrina social de la Iglesia el punto de partida no es la propiedad sino el destino universal de los bienes: fueron creados para todos, y eso es lo primero. La propiedad privada viene después y como medio, porque es el mejor modo conocido de que esos bienes lleguen efectivamente a la gente. Lo que es de todos no lo cuida nadie, y sin dueño no hay ni diligencia, ni resultados, ni paz. Pero fijémonos por qué ese argumento funciona: porque lo material es privativo. Esa casa la habita un número finito de personas, ese martillo lo usa uno solo por vez, ese pan lo come uno y no otro. Repartir es dividir. Con el conocimiento pasa exactamente lo contrario: no se agota al distribuirse, se amplifica; el que enseña no queda sabiendo menos, y una idea puesta a circular vuelve corregida y con más filo. Nadie pierde nada cuando otro aprende. Es decir que las razones que justifican la propiedad privada de las cosas —y son buenas razones— sencillamente no se dan en los bienes inmateriales. Ahí el medio no sirve al fin, y queda solo el destino universal.
Alguien dirá, con razón, que si el conocimiento fuera de todos desde el minuto cero nadie tendría incentivo para producirlo. Y es cierto: investigar cuesta, y el que arriesga años de trabajo tiene derecho a vivir de eso. Para eso están las patentes, y conviene entender bien qué son, porque casi siempre se las confunde con propiedad. Una patente no es propiedad: es un privilegio temporal que el Estado otorga a cambio de algo. El trato es este —contá cómo funciona tu invento, publicalo para que cualquiera pueda leerlo, y a cambio te doy unos años de usufructo exclusivo—. Nació precisamente contra el secreto, para que el que descubría algo no se lo llevara a la tumba. Y vencido el plazo, el invento pasa al dominio público. Es decir: al destino universal de los bienes, que estuvo ahí desde el principio. El privilegio nunca fue el fin; es el costo que la sociedad paga para que haya incentivos.
Decimos que con las primeras computadoras se inició un lento y continuo proceso que llevó a la digitalización, es decir que el mundo real de lo continuo y lo inconmensurable tenga su versión discreta y computable. El hito de internet y que tengamos todo ese conocimiento listo para procesar es el insumo necesario del cual los grandes modelos de lenguaje son su corolario.
Esa red inabordable de conocimiento humano acumulado en más de medio siglo de informática tiene destino universal, es patrimonio de todos los seres humanos. No obstante, los grandes modelos de IA la consumen y la ofrecen de manera privativa con resultados oligopólicos. En los últimos años Wikipedia experimentó un descenso del 23% de sus visitas, atribuible en parte al nuevo hábito de consulta a través de chats de IA.
Este año OpenAI abrió su plataforma de anuncios en ChatGPT: cualquier empresa puede ya comprar espacio dentro de las conversaciones. Nuevamente la lógica privativa ejerce poder sobre nosotros, que detrás de la búsqueda de eficiencia delegamos esfuerzo intelectual y perdemos libertad.
El peligro de que los grandes modelos se conviertan en oligopolios de la información, fagocitando lo que construimos entre todos durante décadas, tiene consecuencias múltiples. Por nombrar algunas: desalienta la creación de nuevos espacios en la web, permite establecer sesgos y preferencias ideológicas sin que nadie los vea, atrofia nuestra propia capacidad de buscar y de inventar, concentra en pocas manos el negocio de la publicidad y debilita a los cuerpos intermedios y al propio Estado, dejando a la corporación frente a un usuario solo.
Nos cuesta ver que en lo digital hay un espacio en disputa: a veces nos parece vano y otras incomprensible. Habitamos un mundo cuyo trazado no discutimos, y muchas veces pensamos que no hay nada que hacer como ciudadanos de ese mundo digital. Magnifica Humanitas nos exhorta a participar activamente en la construcción y la regulación de ese continente inmaterial. El papa León XIV, con gran pertinencia, nos reclama estar presentes y ser corresponsables en la construcción de una muralla hecha de consensos y cristalizada en un corpus jurídico que defienda el desarrollo libre de la sociedad.
Algún día voy a hacer esto. Me imagino dando una capacitación o un encuentro con docentes, y después de la broma de la máquina de Turing regalarle a cada uno su copia. Quién sabe qué ideas nuevas tengan si la leen.