El tiempo sobre el espacio: apostilla al capítulo 1 de Magnifica Humanitas
De chico, entre todos los atributos divinos, el que más me llamó la atención fue que Dios vea el pasado y el futuro como un eterno presente. Más que su estar en cada lugar a la vez; más, incluso, que su poder de auscultar el interior de cada hombre. Quizás sea porque el tiempo es la dimensión más misteriosa de las que tenemos experiencia: la más difícil de explicar y a la vez imposible de soslayar. El instante es una lámina inmaterial que se nos escapa siempre: innegable e inaprensible.
¡Cuánto más es capaz de explicar el tiempo que el espacio! De alguien podemos decir dónde está, qué aspecto tiene, de qué está hecho: sabremos cómo es. Pero para saber quién es realmente hace falta conocer su historia. Ningún dato espacial lo dice.
Distinguir los signos de los tiempos obliga a mirar en perspectiva histórica. Magnifica Humanitas nos exhorta a contemplar el estado actual de las cosas —todo lo que puede decirse de una imagen y sus coordenadas—, pero reclama además el cálculo de trayectorias. Y una trayectoria no se ve en la foto. Sin tiempo no hay diagnóstico posible; y mucho menos se puede construir una sociedad fundada en la dignidad humana, porque eso sólo ocurre en el tiempo.
A todo hombre le cuesta abstraerse de su siglo y mirar más allá del tiro de piedra que es su vida. ¿Cuántas generaciones se han sentido en el meollo de la historia, en la plenitud de los tiempos? Es lógico que cada época se viva como culmen de la historia, y lo es, aunque provisoriamente. Lo difícil es verse además como etapa de algo que sigue, y más difícil todavía es que una época postergue su proyecto inmediato para pensarse como peldaño de algo que la trasciende.
Y qué importante es para esa construcción civilizatoria la mirada trascendente, la del hombre que pone la virtud y el bien como principal fuente de alegría y de paz. No es una mirada exclusivamente religiosa: viene de la sabiduría. No imagino a un anciano recomendándole a sus nietos hacerse de grandes fortunas para ser felices. Al contrario: los que están llegando al final de sus días coinciden casi sin excepción en que lo más importante de la vida es haberse dedicado a otros y no sólo a uno mismo. No extraña entonces que las sociedades de consumo le den la espalda a la vejez de todas las formas posibles.
La Esperanza es la virtud teologal que el niño no suele comprender. De joven uno prescinde de la perspectiva, porque el futuro es enorme y el pasado casi nada; recién cuando las dos mitades del tiempo se equilibran aparece la necesidad de mirar distinto. Es la esperanza ese "dinamizador" que pone en marcha los procesos: sin ella el tiempo deja de ser horizonte y nos quedamos en el instante. Entonces sólo queda el espacio (res extensa) como objetivo vital: imposibilitados de ver más allá, lo inmediato se nos hace la única tabla que flota en el mar.
"Nel mezzo del cammin di nostra vita mi ritrovai per una selva oscura, ché la diritta via era smarrita..." dice Dante. En ese equilibrio de pasado y futuro que es la madurez uno se extravía si no ve su paso iluminado por la esperanza.
La relación entre Fe y Cultura es patente en las artes y en las costumbres, pero no siempre se señala cómo la Esperanza pone a rodar procesos en el tiempo, suscitando la maravilla de las gestas de héroes y santos. Elegir el tiempo por sobre el espacio es lo que engendra cultura, y esa elección sólo es posible con Esperanza, porque exige entregar algo hoy a cambio de un fruto que quizás no veamos. Por eso la tradición, que según Chesterton es la democracia de los muertos, mancomuna al hombre más allá de la vida de cada generación. La desesperación es pensar que no habrá mañana, y ninguna civilización sobrevive a eso.
El materialismo —en su forma liberal o colectivista, da igual— siempre confronta con la esperanza porque está en sus antípodas: prefiere el espacio al tiempo y la revolución al proceso; por eso no es capaz de construir una civilización. Su fenómeno artístico es siempre reaccionario y contracultural, pero jamás realmente fundante. Es, en el fondo, un mal metafísico: opera contra lo que ya es.
Cultura viene de cultivo: la esperanza agraria de arrojar la semilla, dejarla morir y esperar el fruto. No hay cultura donde se elige devorar la semilla en vez de plantarla.
El tiempo es superior al espacio, y es la esperanza la que nos da la sabiduría de podarnos hoy para dar sombra mañana. Cuando esa intuición personal pasa a ser el sentir de un Pueblo, hay civilización.
Ya lo sabía Marechal:
"Si así lo hicieras, crecerá la Patria, Josef, en cada una de tus disminuciones. Y todo lo que pierdas lo ganará esa Novia del Suceder, en su más claro día."