Una de Tolkien: Apostilla al capítulo 3 de Magnifica Humanitas
Bernardo, mi hijo de doce años, tiró al pasar algo así como "si no rima no es poesía". Se imaginarán: el pobre muchacho tuvo que escucharme unos cuantos minutos, porque cuando me engancho a hilvanar ideas soy larguero. Lo llamé a la oficina y le dije:
—La poesía no es solamente que rimen los versos; sobre todo es un lenguaje, y es la forma más alta con la que el hombre expresa su inteligencia. Pensá que el lenguaje poético nos sirve para entender los "para qué" de la vida, mientras que el científico nos sirve para el cómo, el dónde y otras preguntas muy importantes, pero ninguna como el "para qué". Es mayormente el lenguaje de los Evangelios, es como enseñaba Jesucristo. La poesía, hijo, no es un pasatiempo de románticos: es la forma de hablar del que ve las cosas de esta vida a trasluz con lo Eterno. Por eso, cuando leés a los poetas más importantes, te queda una sensación de Misterio, como que entendés una parte —o mejor— como que entendés todo y nada al mismo tiempo. Y ahí está lo interesante: ese lenguaje Misterioso no es oscuro, ciega porque encandila. Es demasiada luz.
No voy a decir que entendió todo, pero es importante para él afinar el oído.
Justo en esos días estaba leyendo sobre transhumanismo y posthumanismo, dos conceptos que han tomado mucha fuerza en los últimos años y que la encíclica del papa León puso todavía más sobre la mesa. Y me acordé de todo lo que había dicho sobre eso, de bueno y de hermoso, ese gran poeta que es Tolkien.
No le quiero hablar al fandom, ni que el lector se disfrace de enano. Traigo a nuestro autor para revisar el tema del límite y la muerte desde un ángulo entre otros: no desde la técnica, ni desde lo jurídico, ni desde la ciencia, sino desde el lenguaje poético.
Digamos primero de qué hablamos. El transhumanismo es la idea de que el límite —el cuerpo que se cansa, la cabeza que no da para más, la vejez, la muerte— no es una condición sino un desperfecto, y que la técnica está para corregirlo. Primero un poco: reparar, extender, mejorar. Después un poco más, hasta donde dé. El posthumanismo es el paso siguiente y no se anda con vueltas: si la reparación llega lejos, en algún momento lo que quede del otro lado ya no será un hombre, y bienvenido sea. Uno quiere arreglar la casa; el otro se muda.
Tales ideas cobran particular fuerza ahora que cunde la promesa de que la inteligencia artificial nos hará avanzar a mil por hora en la investigación científica. No es este el lugar para desarrollarlo, pero sepa el lector la íntima relación que existe entre la ciencia ficción, lo que se decide investigar, los inversores y las burbujas bursátiles.
El Silmarillion es la cosmogonía de la Tierra Media, un escrito póstumo que editó su hijo. En ese librito Tolkien nos habla del origen de las diferentes criaturas que pueblan su frondosa literatura. Cuando lo leí por primera vez me impresionó la claridad y la potencia de un texto que busca sonar arcaico y profético. Ilúvatar —Dios— crea a los hombres, sus hijos como dice el libro, con dones especiales. Uno es la libertad de operar más allá de sus planes. La divinidad ha manifestado su voluntad por medio de temas musicales, una imagen bellísima donde también se narra el origen del mal; mas los hombres son, de entre todas las criaturas, los únicos con albedrío independiente de esa trama: sus decisiones influyen en su destino y en la historia. Otras criaturas más poderosas y más antiguas están atadas al guion; los hombres no. Son los únicos capaces de introducir elementos completamente nuevos en el tejido del destino de Arda, la Tierra.
El don más increíble que reciben los hombres es la muerte. Así lo dice Tolkien, sin ironía: el Don de Ilúvatar. Los Elfos no lo tienen y no lo entienden, y con el tiempo llegan a envidiarlo. Porque morir no es acá el final del castigo sino la puerta: los hombres salen del mundo, van a otra parte que nadie más conoce, y ese destino es tan suyo que ni siquiera la Música lo alcanza. En una carta lo explica todavía mejor: el don era que los hombres murieran por su propia voluntad, en plena madurez y en paz, entregando la vida con confianza en lo que sigue. Morir iba a ser una eucatástrofe —esa palabra suya para el vuelco bueno e inesperado—, un desprendimiento gozoso, un regreso a casa. Que hoy la muerte nos parezca lo contrario dice menos del don que de lo que hicimos con él.
Narra nuestro autor que el don se estropeó temprano. Una voz se les presentó a los hombres como dueña del mundo y les dijo que la muerte no era una puerta sino un pozo, la nada esperándolos al final; que los estaban engañando, que otros se quedaban con el mundo para siempre y a ellos les tocaba desaparecer. Le creyeron. Desde entonces dejaron de llamarlo Don y empezaron a llamarlo Sombra. La maniobra, explica Tolkien en una carta, fue atarles el corazón a la Tierra: convencidos de que esto era lo único que iban a tener, se aferraron a lo que se posee —el poder, las riquezas, los años—, y el desprendimiento gozoso se volvió un desgarro. La ironía es completa: por huir de la muerte, los hombres terminaron entregados a ella.
La idea triste no es la muerte: es no aceptarla y no buscar la madurez en esa comprensión. El transhumanismo es una escatología de la inmanencia, un oxímoron. Su búsqueda es ser más que humanos: conectarnos con máquinas, corregir nuestro ADN para no envejecer o con fines eugenésicos, parir sin dolor con ectogénesis, suprimir recuerdos traumáticos. El cuerpo, la herencia, el parto, la memoria. Hay un límite entre curar y renegar: la medicina restituye lo que se perdió, esto pretende otra cosa. Y ese desprecio equivale a renegar del don de ser humanos.
El humano florece y madura no esquivando el dolor ni prolongando capacidades más allá de sus límites naturales, sino atravesándolos y aceptándolos; no a pesar del dolor, sino como algo constitutivo de su condición. El dolor y el límite nos abren a los otros y nos ayudan a amarnos por empatía y complementariedad. Sin conciencia de límite tendríamos un solipsismo infantil, egoísta y permanente. No hay altruismo ni filantropía en esto: el eventual cumplimiento de la promesa transhumanista es, en el fondo, la derrota de lo humano.
El mito de Gilgamesh cuenta algo parecido. El héroe busca la inmortalidad y le ponen una prueba módica: quedarse despierto una semana. Se duerme, claro. Y le hacen ver que si no puede con el sueño, mal puede pretender vencer a la muerte. Tolkien hace eco de esto con sus Elfos: la eternidad atada a la tierra los deja melancólicos y tristes. Es la contracara necesaria del don de la mortalidad, ese que ellos envidian a los hombres —desprenderse, dejar atrás el mundo, tener un nuevo inicio—. Los Elfos no mueren: se desgastan. Se les consume el cuerpo y quedan como sombras atadas a lo que ya no está, agotados de espíritu y sin poder terminar.
Por eso hicieron sus anillos. No para dominar a nadie: para que las cosas dejaran de cambiar, para conservar unos pocos valles donde el tiempo no pasara. Es el mismo gesto que el nuestro, con mejor gusto. Cuando el poder que los sostenía se apaga, no queda nada que hacer más que irse. Al final del relato, los que no pueden morir envidian a los que sí.
Nuestro autor fue claro en negar las alegorías en su obra, pero la enseñanza se extrapola sola: tenemos un cuerpo y un espíritu que se desgastan. La promesa cristiana es un más allá con un cambio cualitativo, no la permanencia en el mundo.
El "más que humano" es la promesa transhumanista. Los cristianos pensamos que la forma de ser plenamente humanos es la Gracia. De ordinario no corrige nuestros defectos de nacimiento, no nos prolonga la vida, no nos ahorra el dolor ni nos vuelve más capaces. No es una mejora. Es una cercanía con Dios que nos lleva a la plenitud de lo que ya somos, y se recibe pidiéndola, que es lo contrario de fabricarla. Y se pide desde donde uno está: desde el límite, desde el error, desde la certeza de que hay algo que solo no se puede. Por eso no es una solución a nuestros problemas, sino algo que se para más allá de ellos.
El cansancio y el aplomo de la vejez deben llegar con la sabiduría, con el ansia espiritual de un salto hacia adelante. No con la tristeza ni con la nostalgia del que quisiera permanecer.
Qué importante es en estos tiempos de discernimiento ese lenguaje poético y profético que nos permite explorar los "para qué" de nuestras experiencias. Nos dirán que la filosofía o la poesía no sirven, y tienen razón: no sirven porque son Señoras. No están para servir, sino para direccionar lo útil y lo práctico. Ese lenguaje simbólico es quizás uno de los alimentos más necesarios de esta época.
—Hijo, te voy a enseñar una jaculatoria hermosa que le robé a Papini: "Señor, la Poesía nuestra de cada día, danos hoy."