Permiso, hablaré a mis hijos. Apostilla a la introducción de Magnifica Humanitas.
La Madre pide permiso para hablar a sus hijos. Lo hace con ademanes tiernos, cuidando de no incomodar a ninguno. Podría no pedirlo, y lo pide igual: eso no es señal de pequeñez ni de irrelevancia, sino de caridad. Quien quiera oír, que oiga.
Y nos convoca, en este tiempo crucial, a volver la mirada a Cristo: modelo y modelador del hombre, hombre también Él.
Pero cuidado, no es ingenuo pedir a todos los hombres volver la mirada a Cristo, no habla sólo de un sentir religioso; hay algo valioso para contemplar. Los hombres de buena voluntad, esos abiertos a la realidad de las cosas, pueden oír. La Madre pide permiso.
Para nosotros los católicos la antropología es una teología porque adoramos a un Dios-hombre. Nada que se dice del hombre está desconectado de lo que se dice de Dios. Nada de lo que se dice de Dios deja inalterado lo que predicamos del hombre. Esa unidad sin confusión —la hipostática, le dicen— lleva hasta el fondo, y de manera irreversible, lo que entendemos por dignidad humana.
¿Cómo se llega a pensar que alguien tiene una dignidad inviolable? Esa idea no puede venir de la biología: lo biológico nos equipara con las demás especies, y el genoma mide apenas cuánto nos parecemos a los otros seres vivos. La filosofía llegó más lejos y estableció la primacía del hombre —la razón, el lenguaje—, mas nunca pudo fundar la igualdad de dignidad dentro de la especie. Los griegos, cúspide del pensamiento antiguo, no tuvieron con qué evitar la diferencia ontológica entre el ciudadano y el esclavo. Sólo la transferencia de la dignidad absoluta —Dios— a la persona humana podía igualar a los hombres y dar la medida de esa dignidad.
La doctrina teándrica, la del Dios-hombre, fue desde los albores de la Iglesia el trinquete que favoreció en el tiempo el concepto de dignidad humana y luego el de derechos humanos. El trinquete es un engranaje que gira para un solo lado: al querer volver encuentra el pestillo que lo frena. Cede, cruje, se reacomoda, pero no retrocede. Así fue cayendo toda desigualdad entre los hombres; y hasta cuando se critica a los cristianos que en distintos momentos históricos no respetaron esa dignidad, se lo hace con la vara que introdujo el mismo cristianismo.
La Encarnación dignificó todavía más una naturaleza humana que ya venía sobrada por ser imagen de Dios. Con el diario del lunes comprendemos que Cristo mismo era el modelo de Adán. ¡Qué Misterio! Esto cambia todo: si no aceptás a Cristo no es que te quedás con la mitad —con el Génesis, que no es poco—, sino que de lo creatural no pasás a lo filial. Por más que al materialismo histórico y a otras escuelas les cueste admitirlo, la enseñanza cristiana sobre qué es el hombre minó otrora y amenaza hoy cualquier desigualdad ontológica: la pretensión de que el valor de un hombre esté en lo que hace, en sus logros, en lo que aporta a un sistema, y no en el simple hecho de ser hombre.
Hoy vemos cómo a los valores cristianos que fundaron occidente se los corta como a flores y se los busca domesticar. Puestos en jarrones parecen vivos y fragantes pero conocemos su destino de terminar marchitos. La dignidad se invoca sin nadie que la funde, el perdón se vuelve técnica de bienestar y la palabra persona termina en el código de ética de una empresa. Por eso la Iglesia, en voz del Papa, nos dice volver a Cristo.
Ese mismo hecho Misterioso instaura un maridaje de fe y razón. Para el católico no hay dos verdades que puedan contradecirse ni ámbitos donde una u otra deba ser restringida. Hay métodos distintos para cada tipo de conocimiento, sí, pero está todo conectado.
El apóstol Juan, que escribía en griego, sabía que el término "Logos" traía cola. Cuando hablamos de que es Cristo mismo este Logos del Padre, su razón, nos traemos ideas muy potentes. Y San Justino dio el otro gran paso con las verdades seminales: toda verdad dicha, no importa quién la diga, viene de Dios. La síntesis de la antigüedad pagana y la fe cristiana permitió —en diferentes épocas— a Agustín o a Tomás pensar la fe así como sacralizar la búsqueda de la verdad mediante la razón.
Católico quiere decir universal, y no sólo por tener diócesis en todas partes: su universalidad es también de temas, porque todo es atraído y renovado por Cristo. No es dogmatismo ni arbitrariedad; el mismo Misterio nos conduce a integrar planos, como lo hace la cruz en su forma. ¿Cómo evitar esa teología-antropología teniendo por Dios a quien es además hombre? No hay realidad que impactando en el hombre no sea objeto de nuestro discernimiento como católicos. En ese sentido, el diálogo de la Iglesia con las ciencias en general, mencionado en la encíclica, no nace de una oposición sino de una búsqueda connatural a lo que entendemos por la Verdad.
La Iglesia habla, sin imponerse, desde la autoridad de ser custodia de esa dignidad humana que muchos no llegan a conectar con lo religioso; sabemos, sin embargo, que el Dato a priori que la sustenta es revelado y que es inaccesible de otro modo. Marchitas las flores de los valores, ya se apresura este siglo a cambiarlas por otras. Hoy día, ideas como el transhumanismo y el posthumanismo son la hipertrofia, la tergiversación o la negación directa de lo que siempre consideramos bueno. Posar nuevamente la mirada en ese Gran Dignificador del hombre es el camino corto. Pero el hombre sensato, al margen de sus creencias, no puede dejar de ver lo que esos valores fundaron en el cuerpo social, ni dejar de defenderlos considerando los frutos de esa construcción histórica.
La imagen de contraposición entre la Torre de Babel y la construcción de las murallas remite a dos visiones del hombre. Una es inmanente y ensimismada, y escapa de esas realidades inevitables y constitutivas de su vida: la muerte, el dolor, la incompletitud. La otra reconoce el límite y mira a lo alto. Mater et magistra, la Iglesia enseña y vive una antropología integral, que conoce al ser humano en todas sus aristas: en su magnificencia de cúspide de la creación y en su vocación de eternidad, pero también en su miseria. La pregunta es acuciante: ¿qué antropología es la piedra angular de la civilización que construimos? Babel es la petulancia de creer que el límite y la finitud humana son un problema que hay que solucionar mediante la técnica; que conseguirlo es nuestro objetivo máximo; y que quienes no colaboran son hombres prescindibles, su caída un daño colateral necesario.
No hay nada más babélico que la actual competencia por el desarrollo de la AGI (Inteligencia Artificial General), que en muchos sentidos nos recuerda a la carrera nuclear del siglo XX. El argumento de que no se puede dejar que el enemigo llegue primero funciona como coartada moral: habilita al poder, ahora privado, a generar el monstruo. Hay algo frankensteiniano y prometeico. Está el interés, sí, pero también la inocencia ingenieril de querer resolver un problema sin más, sin meditar las consecuencias. La construcción de los modelos y su contexto corporativo son, sin duda, la torre de Babel más notoria de este primer cuarto de siglo.
La expectativa de la Singularidad —ese momento en que la inteligencia artificial se superaría a sí misma prescindiendo de nosotros— no es una previsión tecnológica con algún ribete religioso: es una escatología completa. Tiene su fin de la historia, su acontecimiento que parte el tiempo en dos, su promesa de vencer la muerte y su élite de salvados, los que lleguen a tiempo a subirse. Lo que está en juego no es un pronóstico sobre las máquinas sino una visión de la humanidad y de su destino.
Magnifica Humanitas llama a discutir una a una cada arista de este cuadro. Cada res nova tiene un potencial edificante y otro que nos aleja de aquel proceso de dignificación, el que hizo de cada ser humano un fin en sí mismo y nunca un medio, ni algo descartable. Ese es el discernimiento al que la Iglesia convoca a fieles y hombres de buena voluntad: leer los signos de los tiempos preguntándonos hacia dónde deseamos orientar nuestra civilización.
Conviene recordar que las murallas también se levantaron, porque si no Babel parece un destino y no una elección. Miremos, a modo de ejemplo, el quinquenio que va de 1999 a 2004. En esos años aparecen Blogger (1999), Wikipedia (2001) y WordPress (2003); y junto con ellos, menos visibles pero más decisivos, el RSS como formato de sindicación y las primeras licencias Creative Commons (2002). Unos son herramientas que cualquiera podía montar; los otros, la infraestructura legal y de formato que hacía que lo publicado circulara sin dueño. Ninguno nació de una gran corporación: hubo proyectos de dos o tres personas y hasta la bifurcación que hizo un desconocido sobre el trabajo de otro. No fue un puñado de buenos productos: fue un ecosistema, y las condiciones estaban dadas. Poco después, ya terminando esa etapa, apareció un libro escrito de forma colaborativa —se jactaba de ser de los primeros— y se titulaba, sin ninguna ironía, "El futuro es tuyo: La revolución social de las personas". En esa época yo diseñaba y programaba para Estados Unidos, y el aire que se respiraba era promisorio: no veíamos amenazas, los principios eran buenos.
La lógica del lucro estaba ahí, pero no era la condición de todo lo demás: se podía construir algo útil y sostenerlo sin necesidad de escalar, sin capital de riesgo detrás exigiendo una salida. Y el pequeño creador no era un insumo del sistema sino su destinatario: cualquiera podía tener sitio propio, exportar sus contenidos y ser leído sin intermediarios. La diferencia con hoy no es de grado sino de forma: aquella arquitectura distribuía la capacidad de publicar en unidades pequeñas y reales, sin pedirle permiso a una instancia superior. Respondía mejor, en términos de la doctrina social, a la subsidiariedad, a la participación real y a un destino universal de los bienes que aquí alcanzaba también al conocimiento. No era perfecto, pero L'ottimo è nemico del buono.
La clave de esta apostilla, y de los escritos del blog en general, es mirar los fenómenos de la técnica desde la perspectiva humanista. El católico comprende que no todo el mundo comparte sus creencias, pero que cualquiera puede adherir a los efectos sociales de un pensamiento que busca la dignidad y la perfección integral de cada ser humano. Y no renuncia por eso a ese Misterio que ha venido a redimir y transfigurar al hombre, y todo lo que le atañe.