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Es la interfaz, estúpido

Filosofía Educación Tecnología

Hace unos años, cuando todo el mundo miraba la serie Peaky Blinders, escuché a unas señoras diciendo:

—Qué increíble que niños tan pequeños hayan fumado y bebido alcohol de esa manera.

Lo primero que pensé es que de la misma forma nos vamos a agarrar la cabeza cuando veamos, en un futuro cercano, las fotos o videos de niños con celulares en las manos. No hablo de pandilleros de Birmingham sino de chicos bien cuidados.

Septiembre de 2026. Se dieron a conocer los resultados globales de las pruebas PISA. Sepa el lector que han sido las peores cifras de la historia desde que nos tomamos el trabajo de medir resultados educativos. No pienso detenerme en el análisis estadístico de algo que esperábamos absolutamente todos; eso sería darle a esta entrada un sentido periodístico de cortísima vida útil. No lo haré, no con lo que me cuesta escribir.

En el universo de los fenómenos humanos todo es multicausal, pero no hay razón más clara, capaz de explicar hacia atrás y proyectar augurios, que atribuir mayormente esta debacle educativa —y las venideras— a las interfaces.

La interfaz es lo que media entre la información y el usuario. Es el punto de contacto que tenemos con el software: la disposición del contenido, los colores, el tamaño de la letra y la cantidad de texto, la distribución de los botones, los gestos que hacemos para navegar la información, los formatos posibles. En definitiva, el fruto del diseño de la experiencia que vivimos al utilizar una aplicación, sea en una computadora, en nuestro celular o en un microondas, cuya interfaz sería la botonera para manejarlo.

Nada de esto es casual ni viene dado. Hay una disciplina entera —UX/UI, user experience & user interface— con carreras, equipos y presupuesto. Alguien diseñó eso, lo midió, lo probó contra alternativas y se quedó con la versión que mejor cumplía un objetivo. Un objetivo que, conviene recordarlo, no es el tuyo.

Lo que nos interesa es que mientras el contenido que consumimos opera generalmente en un mayor grado de conciencia, las interfaces paulatinamente van modelando hábitos cognitivos. Esas costumbres han resultado ser condicionantes más poderosos para la cultura de este primer cuarto de siglo que el contenido mismo que incorporamos. Y es que mientras estamos constituidos para revisar y cambiar de ideas, no nos es tan fácil hacerlo con los hábitos relacionados a cómo accedemos a la información.

La cantidad de casos que sirven de ejemplo es interminable y abrumadora. He caído en la cuenta de que se están por cumplir treinta años de la primera edición del Homo videns de Giovanni Sartori. En ese librito se nos explicaba —por primera vez para muchos— cómo es que el medio tiene un peso cultural superior al mensaje. Para él, lo propio del homo sapiens es la capacidad simbólica y con ella la facultad de abstraer, y la televisión rompe eso al mudar la comunicación del terreno de la palabra al de la imagen. La palabra es abstracta; la imagen es concreta. Hay conceptos que no tienen silueta ni color: nación, soberanía, legitimidad, inflación, justicia. Se llega a ellos por abstracción mediante el lenguaje, y quien se forma sólo en imágenes queda afuera. Para Sartori, el homo videns es un animal distinto del homo sapiens.

Para establecer un paralelismo con las interfaces pensemos cómo la llegada, paulatina y a diferentes velocidades, de la televisión por cable o satelital desplegó el verdadero potencial culturizador de la televisión. Veinticuatro horas al día, los siete días de la semana, más de cincuenta canales. El zapping fue el primer doomscrolling.

El impacto que tuvo en su momento la televisión y el efecto que nos causan hoy las interfaces de las redes sociales y el streaming son la antesala de una nueva interfaz que ya está entre nosotros: la de los LLM en su formato de chat conversacional y sus derivados. Todas ellas sirven de conducto para la información, pero mientras lo hacen generan hábitos cognitivos que no definen el "qué pensar" sino el "cómo pensar". Bajo una apariencia inocua, la interfaz modela la cultura y las mentalidades. Regula el ritmo de la información y su tenor, su extensión y su formato. No dice qué pensar sobre un tema, sino cómo lo procesamos y de qué tiempo disponemos para hacerlo. Los algoritmos que nos apapachan —otro ejemplo— generan trincheras plácidas que impiden la construcción del bien común. Si la polarización extrema en política es un rasgo cultural, en mucho han colaborado las interfaces.

En Sobre Dios, uno de sus ensayos más recientes, Byung-Chul Han nos explica cómo el aturdimiento y la prisa propios de nuestra forma de vida actual limitan nuestra atención y con ella nuestra capacidad de sorprendernos, maravillarnos y consecuentemente de orar, es decir de tener una dimensión espiritual trascendente. ¿Todavía vamos a negar cómo las interfaces pueden ser determinantes para una cultura?

Las interfaces operan sobre el sistema de recompensas. Funciona como un azúcar fácil de obtener que hace parecer amargo todo esfuerzo y toda meta relativamente ardua. No hace falta abrevar en las neurociencias ni explicar la dopamina, esto es verificable por la mera experiencia universal a vista de todos. La industria del entretenimiento a demanda ha hecho cada vez más dificultoso leer, estudiar, desarrollar un hobby. Las generaciones que vieron la parábola y caída del efecto Flynn son las primeras en un siglo que puntúan por debajo de sus padres en las pruebas de coeficiente intelectual.

Sigamos el hilo, porque sobre llovido, mojado. El estado general de las cosas hacia 2022, cuando se empezaron a popularizar los grandes modelos de lenguaje, ya era muy malo. El derrumbe de la capacidad de atención de toda una generación llega en el momento más delicado desde la revolución industrial o incluso antes. La llegada de los LLM y su comoditización nos empareja a todos y convierte en diferenciales únicos al propósito, la creatividad, el criterio, la experiencia y el buen gusto: el estándar capaz de guiar procesos, utilizando a la inteligencia artificial por músculo y no por guía. Hablamos de una tormenta perfecta porque lo más necesario para sobrevivir es justamente lo que se ha atrofiado.

La delegación cognitiva es el colmo de esa enorme cantidad de hábitos que se adquieren al utilizar estas mediaciones con la información. El uso de modelos de lenguaje afecta directamente el sistema de recompensas, así como las apps de redes sociales, videos y otras tantas, generando a posteriori una dependencia, haciéndonos incapaces de volver a actividades que antes eran cotidianas. Mientras se profundiza una cultura del entretenimiento y de gratificaciones inmediatas, los resultados educativos están a la vista.

¿A dónde apuntar? Pensemos en una operación matemática en donde la inteligencia artificial es un magnífico multiplicador de lo que existe dentro de un paréntesis en donde deben habitar nuestros verdaderos diferenciales. Ese multiplicador externo nos tiene igualados a todos, ya no es una ventaja, lo importante es lo que sucede entre los paréntesis (por paréntesis digamos un par de orejas). Cabeza adentro, es nuestra capacidad humana la que determina los resultados.

La trampa del siglo es pensar que porque afuera del paréntesis está toda la información ordenada y accesible, es decir en potencia, es innecesario aprehenderla, ya que la puedo invocar a gusto. Gravísimo error, porque justamente lo que diferencia la inteligencia humana del mecanismo de respuesta de un LLM es cómo trabajamos con la información. El ser humano intuye, mezcla sus experiencias, recuerdos y conocimientos, salta entre planos, es empático y espeja en su pensamiento el de los demás. Mientras el LLM recopila lo ya dicho, es del hombre y de su inteligencia la próxima novedad.

Somos tan estériles para crear materia como para crear ideas ex nihilo: lo nuestro es la subcreación, como le gustaba decir a Tolkien. Lo que llevamos en el zurrón de nuestras experiencias es nuestra materia prima real.

No es que no vas a encontrar información para escribir una novela de romanos, es que no vas a tener razones para escribirla. El diferencial es lo que llevás en la cabeza, pero sobre todas las cosas lo que llevás en el corazón.

El desafío es poder mirar, pese a su transparencia, la densidad del aire que respiramos. Detrás del dulzor de lo agradable, lo entretenido, la inmediatez y la eficacia hay una pérdida de libertad y una somnolencia. Recuperar el propósito y la dirección tendrá entonces algo de heroicidad y de violencia interior. Sepa esto todo aquel que esté procurando la educación, empezando por la propia:

Mas yo los llevé por fuerza a las cóncavas naves y, aunque lloraban, los arrastré e hice atar debajo de los bancos. Y mandé que los restantes fieles compañeros se apresuraran a entrar en las veloces embarcaciones: no fuera que alguno comiese loto y no pensara en la vuelta.

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