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Entreligencia, un neologismo para desmitificar los LLM

Filosofía Tecnología

Hay memorias sin recuerdos, ventanas que no dejan ver, nubes que no riegan e íconos que no llaman a la piedad. La informática está llena de catacresis: palabras prestadas para señalar cosas nuevas que no tienen nombre propio y que es conveniente que así sea para bien de la lengua.

Dichos préstamos suelen dirigirse de las realidades más conocidas y cotidianas a las nuevas, esto tiene mucha lógica, no hace falta ser lingüista para encontrar obvio que la mesa tenga "patas" y no que el caballo se sostenga, inversamente, con vigas. Por ejemplo: ratón, carpetas, archivos. La computación ha sido particularmente frondosa con este fenómeno idiomático. Por lo general nadie se confunde por que los contextos son muy diferentes.

Hablando de pedir prestado, fue en 1955 la primera vez que en ciencia se utilizó el término "inteligencia" para referirse a un proceso computacional, justamente cuando unos matemáticos solicitaron dinero a Rockefeller a través de un documento titulado: "Propuesta para el Proyecto de Investigación de Verano de Dartmouth sobre Inteligencia Artificial". Todavía estamos pagando las consecuencias de la operación.

Fue la catacresis más desafortunada de la historia designar como "inteligencia" el resultado de un cálculo. Al principio era inocuo ya que nadie por esos años habría confundido los burdos avances de los algoritmos con una de las joyas de la corona. Más o menos por la misma época la ciencia ficción ya había hecho uso imaginativo de la analogía. Como sucede habitualmente, la literatura tensionó el horizonte científico y en los años siguientes hubo una retroalimentación entre lo posible y lo increíble.

Llegando al meollo del asunto, el problema aparece con los grandes modelos de lenguaje y su uso masivo a partir de noviembre de 2022. Desde esa fecha hasta nuestros días se usa "inteligencia artificial" para señalar indistintamente tanto a los algoritmos de big data de siempre como a los nuevos modelos generativos, sean de imagen, video o texto.

Sólo desde hace un par de años la mayoría de las personas ha tenido contacto con el fenómeno de los grandes modelos de lenguaje. Hemos experimentado por primera vez tener una conversación fluida con algo no humano. Es un caso único: el referente de la catacresis se ha desplazado, acercando al deudor y al acreedor.

Inimaginable. Hoy muchos usan los modelos de lenguaje como compañía o delegan decisiones importantes y vitales en ellos. Al mismo tiempo pareciera que el entendimiento humano ha perdido valor frente a la apabullante velocidad y acervo de datos de estos modelos. ¿Hasta dónde el uso de la palabra "inteligencia" ha colaborado en esta confusión?

Inteligencia es en su etimología la capacidad de "leer dentro", de intus legere. Nuestra inteligencia recibe la realidad por los sentidos, abstrae de ella los conceptos y finalmente los nombra por medio de signos lingüísticos. Ese proceso se origina en la realidad, y es esta, finalmente, el criterio de verdad de lo que uno pueda primero pensar y luego decir, al menos para quienes abrevamos en alguna forma de realismo.

Ese proceso de abstracción del ser de las cosas es exactamente lo que no hace un modelo de lenguaje, al que hoy coloquialmente llamamos inteligencia. Estos sistemas no conocen el mundo: operan sobre la relación existente entre los términos, extraída de un corpus inmenso que congrega prácticamente todo el conocimiento humano escrito.

Preparé un xolp bien frío.
Una pena que se haya derramado el xolp.
¿Con qué cítrico se puede acompañar su xolp?
Probé un xolp sin alcohol y está muy bueno.
Xolp, un sabor de otro mundo.

Al modelo no le interesa si el xolp existe, no lo sabe, no lo puede saber. Si hubiese suficientes fuentes, nuestra hipotética bebida alcohólica se colaría en su universo de nodos y pesos. Sería añadida a ese mundo de signos lingüísticos y sus relaciones.

Otro ejemplo claro es el siguiente: en un mundo en el que la humanidad siguiese pensando que la tierra es plana, la "inteligencia" de estos modelos no podría descubrir por sí sola la realidad esférica de nuestro planeta.

La confusión, abonada por la catacresis que señala como inteligente a un artefacto que sopesa estadísticamente las relaciones entre los términos, ha ocasionado un debate infundado a partir de un acuerdo tácito: tanto los apocalípticos como los mesiánicos tecno-optimistas conceden a los LLM el atributo de inteligente.

Quisiera ofrecer al docente o al que disfruta de tertulias el instrumento adecuado. El neologismo "entreligencia" suscita una pregunta en el que lo escucha: ¿por qué un LLM es entreligente y no inteligente? El nuevo término lleva adentro lo que hace un modelo de lenguaje: leer las relaciones entre las palabras.

Los modelos de lenguaje son una invención formidable y van a modificar nuestra vida sin lugar a dudas, pero no podemos ponerles la etiqueta magna de inteligente: les queda grande y no les hacemos justicia. Su enorme capacidad para gestionar y ordenar información ofreciéndola en lenguaje natural humano no les da ni la creatividad, ni el salto entre planos, ni el criterio, ni el gusto, ni la prudencia de un hombre cualquiera.

Los LLM son retrógrados por naturaleza porque operan sobre lo que ya se ha dicho. El sistema trabaja con el fruto de la inteligencia humana y no con una propia. El futuro, el próximo hallazgo y el genio pertenecen a los hombres.

Cuando una persona usa un LLM se constituye en rompehielos de la embarcación. Es ella la que con su inteligencia se pone al frente de cada viaje llevando por tripulación al conjunto del conocimiento humano, gobernándola con sus preguntas, objetivos y pulsiones. Este sistema es el corolario del proceso de digitalización del conocimiento que inició hace medio siglo, pero no deja de ser algo reactivo que marcha detrás de quien lo crea o lo usa.

La entreligencia es la palabra que desmitifica al monstruo. No le quita su tamaño ni la bestialidad de su bagaje, pero descubre la especie y su naturaleza, impidiendo el mito que lo hace redentor del hombre o su verdugo.

Catacresis —katáchrēsis— significa simplemente "uso indebido". Más claro echale agua.

Después de un acalorado debate sobre este mismo tema, Sócrates le dice solemnemente a un Crátilo ya cansado:

—Investigar y conocer las cosas quizás nos quede grande; pero debemos darnos por contentos con haber convenido en que es preciso estudiar y aprender los seres, no por los nombres, sino mucho más por ellos mismos.

A lo que Crátilo responde mientras se retira:

—Me voy al campo, la seguimos otro día.

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