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De Valladolid a Silicon Valley: Apostilla al capítulo V de Magnifica Humanitas.

Política Ética

Hace veinte años clavados se me ocurrió transformar los escasos quince días de vacaciones que tenía en un retiro espiritual en la abadía trapense de Azul, en la provincia de Buenos Aires. Dado que no tenía expectativas de que alguien me acompañara, tuve que ser mi propio agente de turismo religioso y empezar a indagar. Cada quien va buscando algo. En medio de la investigación di con una leyenda tejida alrededor del monasterio: se contaba que un militar yanqui de los que tiraron una de las dos bombas atómicas había terminado sus días en Azul, en el ostracismo, buscando paz y perdón.

Los mismos monjes, la secretaría de turismo (mal por ellos) y la gente del lugar niegan la historia apenas se la menciona, e insisten en que es sólo un mito apalancado porque los fundadores trapenses son de Estados Unidos. Pero todos sabemos que los mitos no es que sean del todo falsos sino que esconden una realidad de otro orden.

Hay una persona real. El 6 de agosto de 1945, una hora antes de que despegara el Enola Gay, Claude Eatherly voló sobre Hiroshima para mirar el cielo e informar condiciones climáticas óptimas para la misión que seguía, el resto de la historia es bien sabida. Volvió a su país condecorado. Años después no se le hizo fácil seguir con su vida. Vinieron las internaciones, los robos pequeños y hasta una condena por falsificación en Nueva Orleans. Pienso que el pobre se la pasó buscando un juez ya que por lo de Hiroshima nunca tuvo cargo alguno: eso había sido un servicio, obediencia militar.

Los proyectos políticos pareciera que pueden ser juzgados de manera diferente que las personas con sus actos particulares. Sin embargo, hablar de estas estructuras que toman decisiones resulta abstracto ya que siempre hay personas de por medio. Son millones los casos de hombres y mujeres que no han tenido como aliciente para su conciencia la distancia que esa mediación institucional les ofrecía.

Este artículo hilvana imágenes separadas por cinco siglos, desde los tiempos de Carlos V a los filósofos de Silicon Valley. La primera constituye una de las historias más fascinantes sobre la conquista y evangelización del Nuevo Mundo. Leyendo "El sentido misional de la conquista de América", de Vicente Sierra, supe por primera vez de este capítulo excepcional de la historia universal que, siendo imposible de mancillar, ha sido ocultado en las escuelas por la propaganda antihispánica y anticatólica.

Días antes de morir, esa mujer increíble que fue Isabel de Castilla mandó por medio de un escrito y a modo de testamento que los indios fueran tratados como súbditos libres de la Corona, igual que los de la península y que no recibieran agravio alguno. Esta idea continuó con fuerza hasta Carlos V, nieto de Isabel, que es cuando nuestra escena tiene su clímax. Los frailes dominicos que enseñaban en Salamanca, una de las universidades más prestigiosas en aquellos años, habían dado un salto doctrinal definitivo: ya no alcanzaría con la donatio Constantini, ni con el derecho de conquista romano. Inspirados por una filosofía perenne, fueron forjando la idea de que los naturales tenían su propio derecho de gobierno, sin importar sus tradiciones.

En plena ebullición académica y política, con los frailes denunciando y los conquistadores cometiendo tropelías en América, el emperador Carlos V detiene de súbito la exploración de los nuevos territorios y manda llamar a los sabios de su siglo para responder a esta pregunta simple y humana: ¿estamos obrando bien?

Hay que dimensionar lo que pasó en esa ciudad de España. La llamada Controversia de Valladolid supuso un hecho inédito: el mayor poder militar, económico y político de su tiempo decide no avanzar si esa empresa no se hace conforme a lo que exige la dignidad derivada de la naturaleza de los conquistados. Y no lo hizo para cubrirse de las críticas, sino como resultado inevitable de una manera de entender lo humano, nacida de la Fe pero también iluminada por la razón. El derecho internacional y los derechos humanos como los conocemos hoy son deudores de los filósofos salmantinos que con mucho valor movieron a un emperador a reflexionar éticamente antes de actuar. Y el mayor riesgo era detenerse; no hubo en ello ningún tipo de pusilanimidad. Con Portugal y Francia explorando el Atlántico, frenar implicaba dar ventaja a los adversarios.

En el polo opuesto y quinientos años después, como reacción a décadas de una corrección política más teatral que sincera, vemos hoy aparecer un discurso tipo realpolitik (es decir, la ley del más fuerte operando en política como la ley de la gravedad en el mundo físico) por parte de gobiernos y sus proveedores que sugiere que debatir la ética alrededor de la inteligencia artificial con fines bélicos es sólo una pérdida de tiempo que los enemigos de Occidente van a aprovechar.

He estado leyendo con mucha intriga "La república tecnológica" de Alexander Karp, el actual CEO de Palantir, empresa contratista del Estado norteamericano. Un texto verdaderamente seductor, con muchas cosas ciertas y bien documentadas. Lo central es una exhortación al sector tecnológico de Silicon Valley a poner todo su talento y recursos en "armar" con inteligencia artificial al Estado que otrora les dio las garantías económicas y civiles para desarrollarse. Dice que la industria tecnológica norteamericana perdió el rumbo y ha estado más pendiente de las redes sociales y la publicidad que de generar las invenciones que garanticen que Estados Unidos siga siendo la potencia hegemónica del mundo, una potencia tecnológica.

Para Karp resulta inexorable que se siga desarrollando continuamente la inteligencia artificial en lo armamentístico. La detección de blancos y la orquestación de enjambres de drones parecen ser sus principales preocupaciones. Hablamos de una guerra mayormente no tripulada y sin mando humano directo. Su posición es que las democracias liberales de Estados Unidos y sus aliados se han vuelto lentas al querer poner sobre la mesa la ética de esta carrera, así como las grandes empresas tecnológicas —y también sus empleados— rechazan los grandes contratos con el ejército. Del otro lado del mundo, formas de gobierno más autoritarias no se andan con rodeos y avanzan a toda velocidad, poniendo en peligro la ventaja provisoria que tiene "Occidente".

La tentación de panfleto es hacer un cuadro sinóptico con las diferencias y similitudes de cada caso. No lo haremos. No es fácil el contexto actual. Los temores son ciertos, los intereses gigantescos y las amenazas reales. Simplificar es caricaturizar. En cambio, sí hay una función educativa de las dos imágenes si miramos en profundidad.

Estos extremos nos proponen hoy una lucha semántica sobre la palabra "realismo" que está en el corazón del debate actual. En Magnifica Humanitas, León XIV nos alerta sobre un supuesto realismo político que seduce por su pragmatismo, pero que resulta sumamente peligroso en un polvorín geopolítico con un equilibrio mucho más inestable que el bipolar de la Guerra Fría, con guerras asimétricas e híbridas, estrenando tecnologías nuevas. El aumento del gasto militar en los países más periféricos denota una incertidumbre generalizada. La realpolitik propone normalizar la guerra como algo consustancial a la naturaleza humana; en palabras de la encíclica, "siembra la resignación ante una guerra ineludible y califica la paz y el diálogo como posturas utópicas e irracionales". Un nihilismo en lo existencial combinado con un pragmatismo descarnado no se pregunta por la posibilidad de la paz sino cuándo hacer estallar todo, disminuyendo los daños propios y maximizando los ajenos.

Hay otra tradición que usa la palabra realismo de manera casi opuesta. Para un tomista —cabe mencionar que es la filosofía a la que suscribían los frailes dominicos de Salamanca— lo primero es nutrirnos de la realidad toda y buscar la comprensión de cada naturaleza, su finalidad y su perfección; es decir, un tipo de análisis que es permeable a lo teológico.

Mientras que un realista tomista contempla y luego actúa —contemplata aliis tradere—, un pensador de la realpolitik está movido por la acción derivada de su interés y luego, si es conveniente, dará explicaciones. El pensamiento ético es más propio del primero, ya que pone el juicio sobre la realidad antes de actuar sobre ella. Esta forma de pensar ha subsistido en las tradiciones legislativas y en el sensus communis de la mayor parte de las personas. En sus antípodas, el pensamiento pragmático no busca comprender el mundo sino transformarlo según una visión apriorística. Por eso las ideologías son, casi sin excepción, praxistas.

Frente a frente, ambas formas de pensar pueden sonar a dos bandos divididos por un punto de partida teológico. No es así, y para muestra vale un botón. Gustavo Bueno, filósofo español fallecido no hace mucho y con muchos simpatizantes, se formó en la escuela realista aristotélico-tomista y siguió usando sus categorías toda su vida, y se declaraba ateo. Es célebre su defensa del imperio español como "imperio generador", merced a esa forma de pensar de los sabios salmantinos a los que aludimos más arriba. No voy a decir que quitar a Dios del medio no cercene el alma de esa tradición filosófica, pero en esta ocasión lo valioso es que se puede derivar un pensamiento ético de un "contemplar para actuar", aunque fundado en una teleología que no quiere ser teología. Otros pensadores como Habermas o Croce, por decir los más conocidos en una lista interminable, reconocen y valoran una ética cristiana como fundadora del concepto de dignidad en relación a la persona humana. Ese concepto lo desarrolló de manera prácticamente definitiva Santo Tomás.

Finalmente el imperio español se dispersó y los Austrias cayeron de a poco en desgracia. Poco "sirvió" el pensamiento de Vitoria o las denuncias de Bartolomé de las Casas para sostener el poder. Pese a esa concesión a los maquiavélicos, debemos decir que se perdió un imperio pero se ganó una civilización, porque el legado de esa España humanista y católica en América es patente y constituye la transferencia cultural más grande y exitosa de la historia.

¿Estamos dispuestos a pagar el precio de pensar de tal forma y eventualmente perder o dejar ganar? ¿Sólo existe el camino de la disuasión por la fuerza? ¿Y si las conquistas más importantes son las que se dan en el tiempo y no las que se manifiestan de inmediato en el espacio?

Frente a la problemática actual de la inteligencia artificial y la guerra —vista como una carrera de destrucción mutua asegurada, con gustito a Proyecto Manhattan—, aparece otro ribete fundamental: el de la delegación ética.

Delegación cognitiva y delegación ética son un continuo que cualquiera que ha usado modelos de lenguaje puede intuir. El diagnóstico o detección y la consecuente toma de decisiones automatizadas son una ventaja de velocidad en cualquier ámbito o industria; en la guerra, particularmente, tienen una connotación moral que —otra vez— no puede medirse sólo por lo pragmático. La mediación de decisiones intermedias, espacial y temporal, hasta la ejecución implica una lejanía: "toda tecnología que permita atacar sin ver el rostro del otro rebaja el umbral moral del conflicto", dice León XIV en su encíclica. Despersonalizar es des-dignificar, es decir, algo indignante.

En 1959 el filósofo Günther Anders decidió iniciar una correspondencia con Claude Eatherly, nuestro piloto de los primeros párrafos:

El autor de las presentes líneas es para usted un desconocido; pero usted, en cambio, no resulta un desconocido para mis amigos ni para mí. Ya estemos en Nueva York, Viena o Tokio, siempre seguimos con gran inquietud sus intentos de controlar y superar su desgraciada situación. [...] Podemos ser utilizados, de forma subrepticia e indirecta —como piezas de una gran máquina—, para acciones cuyos efectos se nos escapan a la vista y a la imaginación, pero que si fuéramos capaces de figurarnos, nunca podríamos aprobar. Así, podemos convertirnos en «inocentes culpables», una condición que nunca había existido en los tiempos técnicamente menos avanzados de nuestros padres. [...] Sus médicos aseguran: «Hiroshima por sí solo no es suficiente para explicar su comportamiento», lo que hablando en plata significa, nada más y nada menos, que: «Hiroshima tampoco ha sido tan malo». Por lo que se limitan a criticar su reacción al acto, en vez de criticar el acto en sí. [...] Podemos producir mucho más [dolor] de lo que somos capaces de imaginar; no estamos preparados para los efectos que podemos provocar por medio de las máquinas que nosotros mismos hemos construido; sus efectos son excesivos para nuestra imaginación y para nuestras fuerzas emocionales. [...] Aunque hace tiempo fue usado como una pieza más, usted, al contrario que otros, ha seguido siendo un ser humano.

Cuando la realidad nos coloque arriba, preservemos la magnanimidad, esa virtud que nos hace detener nuestra carga no por miedo ni por conveniencia, sino por reconocer la dignidad de lo pequeño, lo débil y lo inofensivo. Y si en otro momento nos toca perecer frente al agresor, que sea habitando el Bien, la Verdad y la Belleza.

PÓLUX. ¿Querrías más ser víctima de una injusticia que hacerla?

SÓCRATES. Yo no querría ni lo uno ni lo otro. Pero si fuera absolutamente preciso cometer una injusticia ó sufrirla, preferiría sufrirla á cometerla.

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