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Milagro en Plugstreet

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Cada tanto me acuerdo de la satirización del dicho popular y me río solo: "Plantar a un hijo, escribir un árbol y tener un libro". Es una tontera, pero hace poco caí en la cuenta de que dentro del chiste la mejor de las tres partes es la de tener "un libro". Me refiero a que tener un solo libro no se coloca —en orden a la virtud— entre cero y muchos. De ninguna manera está en el punto medio de lo preferible. Indudablemente lo mejor es ser un lector relativamente amplio, le sigue no haber leído absolutamente nada y finalmente, como una calamidad, el haber leído en la vida un solo libro.

Se le atribuye a Santo Tomás la frase "Hombre de un libro has de temer". Aunque sospecho que no es canon, me sirve para delimitar el problema que plantea este artículo. La cita tiene que ver en su origen con algún tipo de libro que se toma por sagrado y que, por ser para una persona la única fuente de verdad, deriva en un pensamiento fanático, inflexible e imposible de conjugar con otros saberes o experiencias.

El hombre de pocos libros —sean religiosos o no— representa al que está seguro y afincado en un conocimiento que es parcial y escaso, pero mientras su pensamiento siga perteneciendo a tal libro, está impedido de ponderar su posición y mediarla con otras. En el sentido en que lo decimos, tener un libro se parece más a que el libro lo tenga a uno.

El lector ya puede ampliar "un libro" a una sola narrativa, a una sola historia o a un solo punto de vista sobre la realidad. No está mal quedarse con uno, pero sí está mal no haberlos cotejado. Hasta para hacer un ejercicio apologético filoso necesitamos medir con sinceridad intelectual las posiciones alternativas. Hemos de temer tal situación, y si es inofensivo tal hombre, le haremos la caridad de temer por él.

Las redes sociales y las plataformas de video tienen por modelo de negocio la publicidad, es decir, venden a las empresas anunciantes el tráfico de miles de personas que visitan el contenido a diario. Mientras ves qué hizo tu cuñado el fin de semana, aparecen los anuncios. Para que esto funcione necesitan básicamente dos cosas: muchas interacciones y cuentas perfiladas. El algoritmo aprende a mostrar lo que atrae al usuario, entre medio propone temas nuevos basados en perfiles similares; el negocio no juega a los dados. Como quien cruza un río en las sierras, se apoya en lo que es de interés probado para con el otro pie ir tanteando de a poco la próxima piedra firme.

Hasta ahí no parece dañino: a cada cual le interesa ver los goles de su club. El riesgo está en que el algoritmo se comporta como una cámara de eco que repite y amplifica un nicho. Una característica de este primer cuarto de siglo es que el continente digital al que nos mudamos nos afecta de manera directa. Vivimos y respiramos en él. Si recibimos la realidad política, social o cultural por medio de plataformas que personalizan el contenido, es necesario comprender que habrá una percepción diferente de la realidad para cada quien. No es que sea falso todo el contenido que se vea, lo que sucede es que el encuadre siempre es mentiroso, ya que es parcial o no es encuadre. Lo que afirmaba Giovanni Sartori sobre la selección televisiva lo podemos extrapolar al algoritmo que arma nuestro menú.

En Argentina, algunos periodistas difundieron un dato de color: una misma persona es dueña de dos canales de YouTube sobre política de signos partidarios opuestos. Ediciones similares, miniaturas de estilo idéntico, mismo negocio con diferente público. Sea cierto o no, ilustra a la perfección algo irrefutable: que la cámara de eco del algoritmo tiene la tendencia natural a convertirse en trinchera. El mismo mecanismo que interpreta nuestras preferencias en cosas triviales selecciona también para nosotros contenido político o temas colindantes de mayor trascendencia que animan el debate público. Es particularmente efectivo el proceso de radicalización para lograr los resultados de engagement y profiling, es decir, qué tanto nos enganchamos con un tema así como cuánta información sobre nosotros damos a la plataforma.

Esto es verídico. Se discutía legislativamente en Argentina un tema candente y yo creé una cuenta del entonces Twitter para tirar piedras anónimas. Mocedades. Fue cuando con unos amigos me encontré en la calle con un famoso influencer —propia tropa— y luego de pedirle una foto grupal le dije que me siguiera en la famosa red social. Él no sólo me siguió sino que indicó a su grey: "Sigan a tal cuenta, muy buena". En la siguiente hora obtuve dos mil seguidores nuevos. Lo que me interesa marcar es cómo la escena ilustra el espíritu gregario y la obediencia ciega en un contexto de polarización social.

Así, podemos afirmar que el algoritmo, a través de la selección del contenido, construye para nosotros una percepción de la realidad que por lo general deviene en trinchera, donde la pertenencia y la militancia se naturalizan por medio del anonimato y la distancia con los que habitan la trinchera opuesta. Común es también convertir al otro en una caricatura, en la que se afean los rasgos notorios y se disimula lo que tenemos en común con ellos. Ya no son contrincantes dignos. Todo argumento se vuelve ad hominem, es decir que la veracidad del enunciado pasa a depender de quien lo diga.

Se ha instalado no hace mucho el concepto de "batalla cultural" y no puedo dejar de verlo como un gramscismo de signo opuesto que no construye ni profundiza en la cultura, sino que tiene por finalidad una hegemonía práctica que sólo es voluntad de poder. No es realmente cultural —lo que sea que hagan— porque no pasa de ser algo superficial, antitético y pendular. Para Fernand Braudel, el historiador de la escuela de los Annales, el cambio político es el más cortoplacista, mientras que las mentalidades, es decir, el centro mismo de la cultura, pertenecen al largo plazo histórico. No es naif criticar el pragmatismo de la pretendida batalla cultural; muy por el contrario, soy totalmente escéptico respecto de que tenga un fruto verdadero, estable y profundo. Si el éxito electoral fuera realmente cultural, no dependería tanto de los factores coyunturales de la economía. Lo que veo es, a lo sumo, un cambio de opinión.

La cultura puede ser vista como campo de batalla si miramos el corto plazo, pero es en realidad el punto de concordia para la resolución de los problemas y la búsqueda del bien común, el cual es el verdadero objeto de la política. La crítica más común al multiculturalismo es que en estructuras culturales muy diferentes se tienen menos anclajes comunes para llegar a acuerdos. Siempre subyacen una humanidad y una moral natural, pero el acuerdo es mucho más difícil.

Otra cosa fundamental para el bien común es además tener una misma realidad. Para que pueda haber una pretensión de objetividad cuando se debate, hace falta que tengamos el mismo objeto todos. El drama epocal de las redes sociales es que no sólo afecta la subjetividad, sino que también mueve y distorsiona, haciendo múltiple el objeto de conocimiento. Tenemos la sensación de vivir en realidades paralelas, y esto excede por mucho la sabida y connatural subjetividad. Ya no se trata de mi punto de vista sobre las noticias sino de las noticias mismas. Una persona cualquiera y su vecino viven en la misma cuadra, pero en realidades diferentes según las fuentes de información digitales y algorítmicas. Ambos están atomizados: se saludan si se cruzan por la mañana, pero el primero no sabe lo simpático y buena gente que es el segundo pese a votar distinto. Los medios digitales, las nuevas ciudades con su drama habitacional y una sociedad abocada al rendimiento constituyen un contexto adverso. Tampoco lo hace fácil la política partidaria, que ha encontrado en la radicalización una forma de permanencia y fidelización. Las trincheras significan el voto seguro y la repetición ad nauseam de sus máximas y acusaciones al otro bando. Nada pareciera ayudar al encuentro.

La Gran Guerra europea fue terrible y bestial. Batallas de desgaste con posiciones fijas. El espacio entre trincheras era un verdadero infierno: el fuego cruzado, los cadáveres. Avanzar era imposible y retroceder significaba la derrota. Entre medio de un conflicto sangriento hay una anécdota luminosa que habla por sí sola.

Fue en diciembre de 1914 en Plugstreet, como le decían los británicos. Las trincheras separadas por escasos metros. En la línea alemana los soldados decoraban arbolitos porque Nochebuena se acercaba. Era una noche helada. En el medio de la desesperación y la muerte, la esperanza y el alivio eran prender luces y cantar villancicos. Un soldado alemán gritó "¡Feliz Navidad, ingleses!", a lo que el bando opuesto respondió de la misma manera, entonando las mismas melodías pero en inglés. Tímidamente algunos empezaron a asomarse. Creciendo en confianza, se dio esta tregua espontánea bajo el signo de una misma realidad y una cultura en común.

Brindaron, cantaron y se dieron el tiempo para enterrar sus muertos ayudándose unos a otros. Lo que era tierra de nadie —como le llamaban al espacio entre trincheras— fue lugar de encuentro.

Karl Aldag, un estudiante de filosofía en Marburgo que estaba como voluntario en el frente de Flandes, escribió a su familia de forma premonitoria días antes del acontecimiento que narramos:

Es una Navidad extraña la de este año: tan verdaderamente contraria al Evangelio del amor, y sin embargo dará más amor que ninguna otra: amor por los propios y amor a Dios. Creo honestamente que este año la fiesta dejará una impresión más profunda que nunca, y que por eso será bendición para muchos, a pesar de la guerra.

En los días posteriores a la tregua de Plugstreet los altos mandos de ambos países prohibieron tajantemente que se repitiera: "Todo acercamiento amistoso al enemigo será castigado como traición". Karl Aldag murió el 15 de enero. Que cada cual elabore sus alegorías.

El siglo tiene sed de una cercanía que permita ver rostros y escuchar voces. Fuera de las trincheras digitales que simplifican la realidad, nos espera la posibilidad de crear una verdadera cultura del encuentro. "Integrar a los diferentes es mucho más difícil y lento, aunque es la garantía de una paz real y sólida", como indicaba el papa del fin del mundo.

Has de temer al hombre incapaz de asomar la cabeza por encima de su trinchera, pero has de temer mucho más —por vos y por tus hijos— a aquellos que tienen la división y la discordia por oficio.

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