El ocaso de los nerds: Apostilla al capítulo IV de Magnifica Humanitas
En 2014 fundamos una de las primeras empresas de la región especializadas en educación tecnológica para niños. Programar era el nuevo lenguaje que todos los niños debían aprender, parecido a lo que fue el inglés para nuestra generación. Los chicos asistían para aprender a programar utilizando robots, lo cual era una ventaja porque al ser una tecnología física resultaba más sencillo para ellos tomar decisiones sobre variables físicas —luz, distancias, sonidos— que por factores más abstractos; al mismo tiempo, les resultaba atractivo que fuera con robots.
Por esos años se tejió también en el imaginario colectivo el tema de la gran empresa tecnológica —con Google como paradigma— con metodologías y modelos organizacionales diferentes, toboganes de colores y bicicletas. También aparecía en la fauna de las tecnológicas una especie que llegaba a su apogeo: el genio que dominaba el lenguaje de las computadoras. Si Aquaman tenía por don la comunicación con las bestias marinas, era el nerd el que tenía el superpoder de comunicarse con las máquinas.
Steve Wozniak puede haber sido el abanderado de este grupo: genio tecnológico, cofundador de Apple Computer. En aquel imaginario, su sola capacidad para materializar ideas con la electrónica y la programación ya parecía alcanzar para un éxito rotundo.
En ese contexto la política promulgaba "robótica para todos", "programación para todos". La tecnología en educación era de las pocas cosas en las que todos estaban de acuerdo: gobiernos de cualquier signo, ministerios, padres, empresas y gremios. Nunca hubo un consenso tan amplio y tan poco discutido. Eran los años del modelo STEM, acrónimo en inglés de ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas. Básicamente el universo de las ciencias y su aplicación; dicho de otra forma y que viene mejor a nuestro artículo: los lenguajes formales y lo que podemos hacer con ellos.
Es también en 2014 que aparece la serie —recomendable— Silicon Valley, que narra este momento histórico con mucha ironía. En ella un grupo de nerds funda una startup y lucha por crecer en un contexto competitivo. Lo interesante es el leitmotiv del programa: los personajes tienen a favor su capacidad con la tecnología, pero sufren de mil maneras distintas su ineptitud para lo social y el mundo de los negocios. Le pido al lector que me conceda esa definición, el nerd es el que domina su relación con las máquinas mejor que con sus pares.
Entrando en tema, hay algo que es un verdadero game changer y constituye el meollo de la reflexión del día. Los modelos de lenguaje actuales no son una herramienta más: son una meta-tecnología, una base desde la cual podemos crear más artefactos, más tecnología.
Los LLM son una interfaz que domina lo simbólico. Parten de la expresión de una intención o una idea en lenguaje natural y devuelven lo que haga falta: texto inédito, una traducción o código para que la máquina lo ejecute. Todo lo que el hombre haya puesto en signos es su dominio.
No imagino errar, si identificamos tres momentos clave de los últimos cien años de tecnología: el desarrollo de la computadora, la adopción de internet y los grandes modelos de lenguaje. Es en esta última fase, y gracias al procesamiento de todo lo que generó como material computable la era de internet, que disponemos de esta "tecnología de tecnologías". Y con ella, de la posibilidad insoslayable de que el hombre corriente sea creador de software. Los grandes modelos de lenguaje deben ser vistos como un traductor del lenguaje natural al lenguaje formal para entender la potencialidad de su revolución.
Frente a tal situación es que se debe poner sobre la mesa la obsolescencia de la forma actual de la educación tecnológica y su devenir. La extinción de la habilidad instruccional y de codificación como diferencial máximo constituye el centro de la crisis del modelo educativo STEM.
Traigo a colación esto: en la tercera temporada de la serie Silicon Valley —que comentábamos más arriba— Richard es despedido como CEO de su propia compañía por ser incompetente para conducir la organización. El reemplazo es Jack Barker, el cual tiene por metodología que lo comercial y el marketing deben estar a la cabeza en el diseño del producto. Básicamente desea expandir la mirada de la organización hacia el mercado. Nosotros nos quedaremos con Richard, la cenicienta, pero hay algo para rescatar sobre todo en este contexto.
El movimiento capaz de salvar al nerd es hacia arriba y es humanístico. Es justamente la pérdida del diferencial en lo técnico la que reclama un avance hacia lo táctico y lo estratégico. Es más, es necesario también un salto a lo cultural y lo filosófico.
Si finalmente los grandes modelos de lenguaje terminan equiparándonos a todos en lo técnico, el diferencial es el roce con la realidad, la innovación social, la creatividad, el criterio y el buen gusto, es decir una mirada artística y atenta de los detalles y los significados. La educación tecnológica debe tener ese plus capaz de dotar a los más jóvenes de herramientas para gobernar la inteligencia artificial en proyectos que conecten y beneficien a las personas. El movimiento es parejo para arriba. En lo concreto, el pensamiento computacional debe ir tensionándose de lo formal a lo creativo, del coding a las arquitecturas, por ejemplo, ya que es sobre todo en el factor computable que hoy nos vemos asistidos por los agentes.
El bienestar personal en relación a la tecnología es otro frente en el que se debe educar, haciendo especial hincapié en cómo nuestra libertad se funda en la inteligencia y en la voluntad. Será cada vez más necesario comprender cómo la tecnología modela conductas, empezando por las propias.
La tecnología hoy más que nunca es transversal a todas las actividades humanas, también representará un gran avance la apertura recíproca de todas las áreas del conocimiento a la tecnología. Esto no es una mención de tipo checklist, el salto creativo entre planos y de campos del saber para la innovación es quizás uno de los últimos bastiones humanos, allí donde el modelo de lenguaje opera hacia atrás, sobre lo ya dicho, es tarea de los humanos el salto hacia adelante, la ocurrencia que carga con todo el hombre: anhelos, sentimientos y sueños.
Más aún, hará falta también una mirada ética en la formación tecnológica que sirva de contrapeso a las ideologías que plantean los filósofos de Silicon Valley. Jamás una revolución tecnológica tuvo más implicancias culturales y antropológicas que la actual y los grandes capitales lo saben perfectamente. En ella está en juego un modelo civilizatorio que tendrá mucho que ver con la técnica. No existe la posibilidad de una verdadera formación tecnológica —que se jacte de ser integral— que no observe cuidadosamente las utopías y distopías que hábilmente se plantean en torno a las res novae de nuestra época.
In hac lacrimarum valle, la oportunidad puede ser una revolución de las humanidades, es decir del factor cultural de cara al mundo laboral. ¿Es una locura?
Me animo a decir que por lo menos desde hace medio siglo la educación sólo ha hallado consensos mayoritarios en la función de empleabilidad del "contrato social educativo". Que de pronto las instituciones y los gobiernos vean el diferencial en los atributos que venimos enumerando constituye una razón de esperanza, sobre todo porque recibir la riqueza cultural evita la desconexión entre las generaciones y esa esclavitud de ser hijo de una época que bien señalaba Chesterton.
He pensado en Dédalo, que es el arquetipo del ingeniero en la literatura clásica. Ovidio nos muestra el genio creativo que el poder busca y quiere para sí, pero también es un personaje turbulento que representa, más que la inmoralidad, la inocencia ingenieril que muchas veces no ve el dilema ético porque todo su ser y atención se posa en solucionar lo técnico. Veo que de este laberinto que creamos —bien o mal— hemos de salir por arriba con pensamientos más alados que los que hemos traído hasta hoy.
Aunque me cierre el paso por tierra y por mar, el cielo al menos está abierto; iré por ahí. Podrá poseerlo todo Minos, pero el aire no lo posee.